La medicina de la compasión

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Fabián Vítolo, director de Relaciones Institucionales y Servicios Médicos de Noble Seguros.

Hay una pregunta que parece demasiado obvia para hacérsela a un investigador serio: ¿importa la compasión en medicina? Stephen Trzeciak, intensivista con decenas de publicaciones científicas en su haber, pensó exactamente eso cuando su jefe le pidió que lo averiguara. Le pareció ciencia blanda, casi una pérdida de tiempo. Después de dos años y más de mil abstracts, cambió de opinión para siempre.

Lo que él y su colega Anthony Mazzarelli descubrieron –y plasmaron en el libro Compassionomics– es que existían décadas de investigación rigurosa acumulada sobre el tema, dispersa, sin que alguien la hubiera conectado. Cuando lo hicieron, el mensaje fue contundente: la compasión no es solo un valor moral. Es una terapia con mecanismos de acción medibles y efectos clínicos comprobables.

Ejemplos concretos

En los años 60, investigadores del Massachusetts General Hospital se preguntaron si el anestesiólogo podía hacer, él mismo, un tratamiento. En un estudio aleatorizado, la mitad de los pacientes recibió antes de la cirugía una visita especial destinada a generar confianza y calma; la otra mitad, un potente sedante. El resultado fue sorprendente: la visita compasiva duplicó el efecto del fármaco. Y en el posoperatorio, los pacientes del grupo “compasivo” necesitaron un 50% menos de opiáceos. Casi 50 años más tarde, otro estudio replicó estos hallazgos con resultados casi idénticos.

La compasión también baja la presión arterial, reduce la frecuencia cardíaca y activa el sistema nervioso parasimpático. En pacientes con migraña, colon irritable o dolor lumbar crónico, los médicos más compasivos obtienen consistentemente mejores resultados. En diabéticos de Parma, Italia, quienes fueron atendidos por médicos con alta compasión tuvieron un 41% menos de complicaciones graves. En pacientes con cáncer de pulmón terminal, un abordaje paliativo (y compasivo) se asoció con una sobrevida promedio un 30% mayor.

Pero hay una historia que resume todo esto mejor que cualquier estadística. Kenneth Schwartz era un abogado de 40 años cuando le diagnosticaron cáncer de pulmón avanzado. Fue en 1994. No fumaba. Tenía un hijo de dos años. Murió menos de un año después. Pero antes escribió un artículo en el Boston Globe que cambiaría la cultura de hospitales enteros. Contaba que, en medio de su calvario, hubo personas del equipo de salud que cruzaron las barreras habituales para acercarse a él como persona. “Me conmovieron los gestos más pequeños”, escribió. “Un apretón de manos, una palabra tranquilizadora. Estos silenciosos actos de humanidad me brindaron más ayuda que las altas dosis de radiación”. Antes de morir, Schwartz fundó un centro que hoy apoya a más de 200 mil profesionales de la salud por año en tres países, promoviendo el componente humano de la atención médica.

Buena medicina

La conclusión de esta investigación no es que los médicos deban ser más “simpáticos”. Pero sí hay que afirmar que la compasión es una intervención terapéutica con evidencia tan sólida como la de muchos fármacos. Se diferencia en que no cuesta dinero, no tiene efectos adversos y demanda, en promedio, 40 segundos adicionales por consulta. 40 segundos. Esto es todo lo que separa, muchas veces, una buena medicina de una medicina extraordinaria.

Columna escrita por Fabián Vítolo, director de Relaciones Institucionales y Servicios Médicos de Noble Seguros, y publicada en la revista Todo Riesgo. El e-mail del autor es fabian.vitolo@nobleseguros.com.

 

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