Polimedicación: cuando menos es más

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Fabián Vítolo, director de Relaciones Institucionales y Servicios Médicos de Noble Seguros.

Cada vez es más frecuente encontrar personas –sobre todo mayores– que toman cinco, seis o más medicamentos por día; todos indicados por profesionales, todos “correctos” en teoría. Sin embargo, juntos pueden transformarse en un cóctel peligroso. A este fenómeno se lo conoce como polimedicación o polifarmacia y constituye hoy uno de los principales desafíos de la seguridad del paciente.

El problema no es sólo la cantidad de fármacos, sino sus interacciones. Un medicamento puede potenciar o bloquear a otro, duplicar efectos, aumentar la toxicidad o generar síntomas nuevos que se confunden con una enfermedad distinta. Así se inicia muchas veces una “cascada de prescripción”: se agrega un fármaco para tratar los efectos adversos de otro y el círculo continúa.

Polimedicación

La Organización Mundial de la Salud incluyó la polifarmacia entre las situaciones prioritarias a abordar en su iniciativa sobre medicación segura debido al incremento sostenido de eventos adversos, hospitalizaciones evitables y dificultades de adherencia asociadas a múltiples tratamientos simultáneos. El envejecimiento poblacional y la atención fragmentada –con varios especialistas interviniendo sobre el mismo paciente– potencian aun más este riesgo.

Pero hay un factor clave que suele pasarse por alto: nadie tiene la visión completa del tratamiento, salvo el propio paciente. Un cardiólogo prescribe, el diabetólogo añade otra droga, el traumatólogo indica analgésicos y a esto se suman productos de venta libre o suplementos. Si esta información no se integra, el riesgo se multiplica. Un ejemplo clásico es el del adulto mayor que inicia la toma de un antihipertensivo y comienza con mareos: se interpreta como vértigo y se agregan sedantes o antivertiginosos. Estos medicamentos producen somnolencia, inestabilidad y caídas, que luego requieren analgésicos o incluso cirugía. En otro caso frecuente, ciertos antiinflamatorios elevan la presión arterial o dañan el riñón, lo que termina generando nuevas medicaciones para “controlar” esas complicaciones. Por eso, la seguridad no depende sólo del sistema de salud, sino también de una actitud activa del paciente.

Preguntas básicas que pueden evitar problemas serios

– Cuando se inicia un medicamento:

• ¿Para qué sirve exactamente?
• ¿Cómo y cuándo debo tomarlo?
• ¿Cuánto tiempo debo usarlo?
• ¿Qué efectos adversos debo vigilar?
• ¿Interactúa con lo que ya tomo?

– Cuando se añade otro fármaco:

• ¿Es compatible con los anteriores?
• ¿Reemplaza a alguno o se suma?
• ¿Aumenta el riesgo de efectos adversos?
• ¿Quién controlará los resultados?

– Cuando se suspende:

• ¿Debo dejarlo de golpe o en forma gradual?
• ¿Qué síntomas pueden aparecer?
• ¿Hay algo que deba vigilar después?

Igualmente importante es llevar siempre una lista actualizada de todos los medicamentos, incluyendo vitaminas, hierbas y analgésicos comunes. Muchos eventos adversos graves comienzan con algo aparentemente inofensivo.

Importancia

Para el sector asegurador, la polimedicación no es un detalle clínico menor. Está detrás de caídas, confusión, sangrados, insuficiencia renal, internaciones y reclamos por mala praxis. Es, en definitiva, un riesgo silencioso, pero creciente.

Para la seguridad del paciente, el acto más prudente a veces no es prescribir algo más, sino preguntarse si lo mejor es quitar algo. Porque, en medicina, cada pastilla adicional no sólo suma beneficios potenciales: también suma incertidumbre y riesgo.

Columna escrita por Fabián Vítolo, director de Relaciones Institucionales y Servicios Médicos de Noble Seguros, y que será publicada en la revista Todo Riesgo. El e-mail del autor es fabian.vitolo@nobleseguros.com.

 

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